(Relato publicado en el libro Amenazan con Quererme, de Valentín Escudero, Editorial Grupo 5, Madrid, 2015)

Tema: Tratamiento en adolescencia.

Querido terapeuta:

Las cosas iban bastante bien con Roy este verano, hasta que pasó lo del contenedor. Después de tanto luchar durante todo el curso pasado, y una vez que asumí que el tener un hijo de 17 años en libertad vigilada era una realidad y no un mal sueño que terminaría en cualquier momento en el que yo me despertase; después de todo el trabajo que hicimos juntos… me di cuenta de que pasaba un día tras otro sin que volviesen a aparecer los problemas a los que Roy ya me tenía acostumbrada. Esa tranquilidad era algo que ansiaba más que nada y por eso mismo no me atrevía a creérmelo demasiado. En los últimos años los veranos han traído lo mejor y lo peor para nosotros, así que no sabría decirte cómo me siento cuando llegan las vacaciones para Roy. Que siga estudiando (aunque no le vaya demasiado bien) me parece ahora un gran logro pero que exige mucha energía, así que cuando termina el curso suelo pensar que el verano va a ser una tregua en nuestra lucha diaria para que vaya el instituto. Y por otro lado (¡siempre ese otro lado del miedo!) me entra pánico al pensar que Roy va a tener tanto tiempo libre y sin apenas vigilancia. Ya sabes que para mi el verano significa que tengo el doble de trabajo, a veces supero las 12 horas de jornada al día, es lo que hay.

El caso es que, como te estaba diciendo, Roy iba mejor este verano. Y sin la medicación de la hiperactividad; tiene que descansar en verano de la medicación (ya sé que es un tema que no te gusta, lo dejo). Y lo que te voy a contar, que seguro que te va a gustar, es que todo se estropeó por una tontería, por un contenedor de basura. Digo que te va a gustar porque el problema tuvo un final muy sorprendente (esta es la parte que te va a interesar). Roy fue a una fiesta con sus amigos y tuvo esa reacción que tantos problemas nos ha dado. No pasó nada raro, he preguntado muchas veces y a mucha gente cómo fueron las cosas y siempre llego a la misma conclusión: fue un pronto (seguro que tú no estás de acuerdo, pero ahora no viene al caso). Agarró un pesado contenedor de basura, de esos verdes que tienen ruedas, y lo empujó calle abajo con la mala suerte de que se estrelló contra una furgoneta de esas que suelen tener las empresas. He dicho con la mala suerte y ahora pienso que podría haber sido peor si hubiese dado contra alguna persona ya que había bastante gente. El caso es que la furgoneta quedó bastante tocada por el choque del contenedor. Ya sabes como es Roy; dice que no pensó que el contenedor fuese tan veloz y que nunca se imaginó que fuese a ser un contenedor tan fuerte. Cuando le oigo decir estas cosas me gustaría ser una desconocida, una persona ajena que oye la historia, para poder reírme. Pero resulta que soy su madre, y sólo se me pasa por la cabeza la idea de meterle a él en un contenedor y chocarle contra un muro, «¡para que veas lo fuerte que es el contenedor!». Ya sabes que todo esto es desahogo, no te vayas a enfadar.

Conoces bien a Roy y sabes que no hace falta que lo atrapen, él mismo preguntó de quién era la furgoneta y me lo contó todo esa misma noche. Así que yo llamé a la empresa al día siguiente, era un taller mecánico de coches y motos. Parece que trabajan mucho con motos porque el dueño (del taller y de la furgoneta) fue o es muy motero. No pude hablar con él cuando llamé pero dejé mi número y expliqué a un empleado el asunto; no había pasado ni una hora cuando el dueño me llamó personalmente. El tipo, de entrada, parecía seco pero no se puso borde. Le expliqué lo que pasó y le pedí que me dijese lo que costaba arreglar la furgoneta. Me dijo que en un día o dos me diría lo que costaba; y nada más, no se puso furioso ni siquiera le noté nervioso o alterado. Me pareció raro y pensé: «este me la va a liar, me va a intentar sacar todo lo que pueda o me va a meter una denuncia de campeonato». Pero al día siguiente me llamó su empleado (amable como si me llamase para avisarme que mi coche estaba arreglado y listo para llevármelo) y me dijo que el coste de reparar la furgoneta era de 1500 euros. «Bien», le dije, «pues arreglen la furgoneta y dígale a su jefe que lo pagaré al final de este mes»; intenté decirlo con un tono de normalidad, pero me caí hundida en el sofá nada más colgar el teléfono ¡1500 euros!, no tenía ni idea de dónde sacarlos. Dos horas después me llama otra vez el dueño del taller y me dice que si puedo ir a hablar con él en persona o bien venir él a hablar conmigo a donde yo quiera. «Aquí viene el lío, esta será la trampa», pensé. Pero no tenía alternativa (no quiero imaginarme lo que estarás pensando sobre esto de las alternativas, pero es lo que yo pensé). Así que a última hora de la tarde, nada más terminar de hacer la última limpieza que tenía ese día, me presenté en su taller. Y aquí viene lo más sorprendente. Este tipo es un hombre de mi edad, con aspecto de currante mecánico, pero agradable y un poco tímido. Y lo primero que me dice después de saludar y presentarse es:

––No me parece bien que usted pague esa cafrada que ha hecho su hijo.

––¿Cómo? —le contesté, ya a la defensiva a pesar de que Don Mecánico me había caído bien de entrada.

— Mire, es que yo a la edad de su hijo era un chaval que hacía muchas de estas, me metía a mí y a mis padres en bastantes líos… y por lo que sé…

— Eso es cosa mía, no creo que los problemas que me dé a mí el chico le importen a usted. Si pago los daños de su furgoneta lo demás no es cosa suya.

— Claro, claro, perdone ¿Le es fácil pagar esa cantidad?

Cómo su tono seguía siendo extrañamente agradable le contesté con sinceridad, me salió así.

— Ni se imagina lo difícil que me va a ser conseguir ese dinero. Pero no dude que le voy a pagar. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

— Pues mi idea es que pagase él.

— ¿Cómo? — es que no me podía creer que el tío me dijese eso, no le veía sentido.

— Pues como estamos en verano yo le propongo que venga cada día unas horas a trabajar al taller, en realidad aprenderá un poco a trabajar y nos echará una mano. Yo le conozco de vista del barrio y mi hijo, que es un poco mayor que él, me ha dicho que lo conoce más y que es un buen chico. No se preocupe que no quiero explotarle, solamente que aprenda un poco lo que cuestan las cosas y lo que significa trabajar. Igual le viene bien, piénselo.

No me lo podía creer, en ese momento estaba tan sorprendida que pensé que mis ojos se podían caer al suelo porque se habían salido completamente de sus órbitas. Pero esto que te cuento fue exactamente lo que pasó. Don Mecánico —ahora lo digo con cariño, no es burla— me explicó que él había tenido una adolescencia muy larga y muy «jodida» (literal) y que le había costado mucho aprender a «hacer las cosas bien». También me contó que no le ayudó su padre, con el que apenas se hablaba, sino el anterior dueño del taller mecánico que ahora era suyo. En definitiva una historia de esas que te gustan —y a mí cuando salen bien—.

Roy aceptó y ha estado yendo al taller a diario, ya sabes que eso de las motos gusta mucho a los chavales de su edad; algún día ha protestado un poco antes de ir pero no ha fallado ningún día. La semana que viene comienza el curso y ya no tienen que ir más a trabajar, el dueño le ha dicho que la deuda está saldada. Pero le ha ofrecido ir algún sábado si quiere seguir aprendiendo. Eso si que es un buen castigo por la tontería del contenedor ¿no te parece? Y yo me pregunto: ¿por qué no habré conocido yo a Don Mecánico hace diecisiete años antes de engendrar a Roy con el idiota de su padre?!