Compartimos este relato dentro de nuestra sección Terapeuta Familiar creativo.

Tema del Congreso: Violencia en las Aulas

Autor: Javier Ortega Allué. Terapeuta Familiar y miembro de la Societat Catalana de Teràpia Familiar.

Búfalos Mojados: un recuerdo infantil

Ayer volví a pasear por el Parque del Laberinto, un jardín decadente de los tanto abundan en mi ahora también decadente ciudad. Tengo una edad en que ya puedo decir sin pestañear que hace más de veinte años que hice tal o cual cosa. Ayer, el paseo me trajo un recuerdo gris de mi infancia. No debía tener más de nueve años. Ha llovido mucho desde entonces, cuarenta, quizá cincuenta años. Pero lo recuerdo como si lo tuviera ante la mirada. Debía cursar tercero de primaria. Como cumplo años en noviembre, era de los más pequeños de mi grupo. Por edad, me habría correspondido estar en segundo, pero por días me adelantaron un curso. Yo era, al parecer, más infantil, si es que a esas edades se puede calificar a los niños de tal manera. Mi profesor se llamaba José María, Don José María; era oriundo de un pueblecito de Toledo y tenía la mano más suelta de lo que habría sido menester. Como era bajito, casi de nuestra altura, solía llevar una rama verde de acacia que se agenciaba en el patio de la escuela cuando podaban los árboles, su varita mágica, como él la llamaba, con la que nos fustigaba en las piernas cuando nos portábamos mal, que era, a su juicio, casi todos los días del año. Era un hombre bueno, aunque a veces se encendía y resultaba difícil calmarlo. Seguramente ya haya muerto.

    Tenían entonces los curas la costumbre de llevarnos a lugares emblemáticos del barrio, sin que hubiera ninguna razón pedagógica bajo la que amparar tales excursiones. Tan pronto escalábamos la falda del Tibidabo por una torrentera como nos llevaban a conocer el Seminario de Martí Codolar, el primer zoo con que contó la ciudad, por ver si la visita despertaba en nosotros una incipiente vocación misionera, sin gran fortuna. Aquel año nos tocó el Laberinto, que recién los del ayuntamiento habían remozado después de décadas de abandono y desidia. Tenía la ventaja de estar al otro lado de la carretera, frente por frente de la imponente fachada almenada de nuestro colegio. Fuimos todos los terceros, tres clases, unos ciento veinte chicos, niño arriba o niño abajo. No había niñas. En cuanto cruzamos la carretera, los curas nos dejaron hacer y cada cual formó corrillo con sus amigos, con los mismos con quienes jugábamos en el patio o nos sentábamos en el comedor de la escuela. Yo tenía dos amigos. A esa edad uno mantiene afinidades muy básicas y elementales.

     No supe del juego hasta que me apresaron entre varios. Había estado paseando, contemplando los jardines, remoloneado entre los parterres, perdiéndome en el laberinto, viendo correr las aguas de las fuentes, encandilándome con el rebullir de las carpas rojas y albinas de los estanques, soñando. De pronto me vi rodeado por los de siempre: Gordo Casellas, el flaco Codina y dos o tres más que les seguían el juego y les reían las gracias y les coreaban las puyas.

     -¡Muerte a los Búfalos Secos!- gritó el que llevaba la voz cantante, mientras me izaban en volandas y me arrastraban entre varios.

     El juego era muy simple. Alguien había decidido dividir la clase en dos grupos. Uno, mayoritario, que se autodenominaba “Los Búfalos mojados”; el otro, entre los cuales parecía encontrarme yo, éramos para ellos “Los Búfalos secos”. Años más tarde supe que nos habían bautizado como a la pandilla de bolera de Pedro Picapiedra, el de los dibujos. En aquel tiempo no habría sabido a qué se referían con aquel apelativo. Lo ignoré durante años, más bien lo creí un invento del momento, una ocurrencia ingeniosa de alguno de aquellos compañeros de aula. Al parecer, el juego consistía en que los de un equipo salían a dar caza a los del otro, para lanzarlos vestidos en alguna de las fuentes que aún hoy abundan en el parque. Ahora muchas ya se han secado.

    No he sido capaz de reconocer durante mi paseo la fuente a la que me arrojaron, hundiéndome en el agua la cabeza, mientras alguien apoyaba su mano en mi nuca para que no pudiera  tomar aire. No sé cuánto tiempo me tuvieron así agarrado, pero se me antojó eterno. Sólo veía las burbujas y la espuma a mi alrededor, el zumbido del agua en mis oídos, un  dolor agudo en el pecho, la humillación y las risas apagadas de la pandilla sobre mi cabeza. Cuando me sacaron apenas podía dar extenuadas bocanadas, pero alcancé a ver a mis amigos, serios, con los demás, formando un círculo expectante a mi alrededor. Una mano caritativa me devolvió las gafas que se me habían caído en la fuente. No sé si estaba llorando. No lo recuerdo. Nadie me consoló, eso lo sé.

     -Me he caído jugando -mentí a mi madre cuando llegué a casa aquella tarde, tratando de disimular mi turbación y mis miedos. Temía que ella subiera al colegio, que armara un escándalo, y que su orgullo se volviera en mi contra. Me dio un soplamocos de justicia, por traer la ropa en aquel estado lastimoso y me castigó mandándome a la cama sin cenar. El castigo me supo a gloria bendita, por todo lo que me evitó: la segunda humillación por no haberme defendido de mis atacantes. Ella lo ignoraba.

     Paseando, no he sabido dar con la fuente, pero he topado con el recuerdo amargo de aquel día, las miradas, la burla, la soledad. Gordo Casellas y el flaco Codina lo habrán olvidado. Hoy uno es médico y del otro no he vuelto a tener noticia.  Años más tarde leí en Nietzsche: “Lo que no te mata, te hace más fuerte”. Me acordé de mi abuela, quien remedaba esta frase afirmando: “Lo que no mata, engorda”. A mí me han pasado las dos cosas. Otros no han tenido a Nietzsche; tampoco a mi abuela. Yo soy de los afortunados.

Javier Ortega Allué